17 de mayo de 2009

Con el tango de noche

La frecuencia es distinta. El aliento se acompasa en lágrimas placenteras, nostálgicas. Las luces parecen tan lejanas, titilan distinto. Me sostienes mientras uno mi piel a tu célico perfume de violines y piernas. Dictas diferente las entrecortadas palabras. Tu agua fluye preciosa en un terreno oculto en sombras. El desvelo se desvanece rodeando mi cuello, estremecido por fin; descubriendo causes de tu vientre antes tibio.
Ajenos, de entre anochecidos cantos. Somos hojas recién caídas, anomalías del caos que se muerden en crescendo. Partimos el aire deleitables por el demonio erizado del bandoleón.

La frecuencia tuvo que ser distinta. Más violenta cuando las fronteras gobernantes en sexo parecían llegar atemorizantes, y creyendo que al acelerar se espantarían. Más tierna cuando esas fronteras eran precipitadas, derramándose sobre piel ya humedecida. Que se sostenga esa última nota, hasta que aprenda a despertar sin olvidar la dictada noche.



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26 de marzo de 2009

El Fango


Mi vista permanece fija. Me atraviesa un sofocamiento progresivo, dentro de un plástico que emula el movimiento. El mesmerismo sobre las luces que se filtran al autobús, dejan de hacer su efecto. Horas y horas de permanecer con el cerebro en espera y, repentinamente esas horas se quiebran sobre mi frente con disonantes olas de sudor frío y se produce más punzante oscuridad. Una minuciosa consciencia de mi estatismo, me atosiga y comienza a hacerme temblar. De abajo, una fuerza emocional me jala y me inyecta más desamparo. No sé si sea temporal. Mi cuerpo fue entrenado para soportar y ahora, por qué es tan débil ante una invisible gravedad. Quisiera estar acostado con paredes familiares.
Los ruidos filtrados por todos lados, han traspasado el umbral y me mortifican cual coro de ánimas cacofónicas. Tantas cosas por hacer, y yo prendido voluntario en un asiento ardiente que apesta a humanidad. Sentado mientras la vida se sucede violenta. Abúlico por contrato.
Tantas cosas que no puedo hacer y anhelo tuvieran respuesta tan fácil como pararme y escapar de este camino oneroso cual sermón de cura necio. El calor irracional que trepa hormigueante por mis miembros me deja por momentos sin respirar. No me tolero, no estoy de acuerdo, por fin, con alguna de mis convicciones. Los demás, con su poder de adaptación me son asquerosos. Me presionan aún más a querer salir por los ojos. Una mujer ronca cerca de mí. 

De pronto un sueño lleno de agua fangosa, me hace abrir los ojos con profunda desesperación. Vividamente sentí entrar el agua por mi nariz, la cual, trataba de arrancarme para ver si por el hueso obtenía aire. Huyo del agua, de la asfixia, de mi asiento, de la parsimonia. Aún despertando la angustia me carcome. Pido con gritos me dejen bajar, donde sea, cómo sea, necesito salir. 

Una sensación de libertad me consume, mientras choco en la noche contra arbustos espinosos y desangro levemente mi ansiedad.

Corro frenético contra el horizonte titilante, los cerros perturbadores observan mi extravío. Grito desgarrado entre las penumbras, por cada eco, mi alma va adquiriendo sosiego. Por un instante desaparecen mis frustraciones escondidas, mis dolores añejos tan callados, mis cicatrices resplandecen y florece entre el frío de la noche, la empatía con quién he amado. 

Otra vez despierto, otra vez el agua y el fango. No sé dónde estoy, y antes tampoco. Necesito me ayuden, algún mensaje servirá. Todo lo comprendo ahora. Esta vez, me entrego tranquilo, ante la extraña calma.

Descanse en paz Andrés Alejandro Palomeque González, Abismo Negro.

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13 de marzo de 2009

Intangible


Caricias de la lejanía, estremecidas y perdidas por la bruma en nostalgia. Sabores que calan y suplican volver. Citas postergadas, antes tan definidas en los ideales cálidos con los pies en el agua. Caricias de dedos fantasmas, moldeados a antojo, enmarcados entre gotas de vino y bastones de polvo.

Destellos por bailar un recuerdo, por aspirarlo entre otros, por fijarlo en el umbral con demencia. Ojos abiertos, ya cuando se camina desnudo. Examen minucioso ante un espejo implacable que llena de desfallecimiento, mirando hasta los huesos. Mientras se acerca más al pecho siendo entrañable, un símbolo que abraza y enternece, encargado de que no se fabriquen más quimeras hasta que el sueño llegue. Luego que se haga lo que se quiera. Contemplaré ya mañana, desde la montaña más alta, la devastación del sonámbulo, y me reiré a carcajadas.


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17 de enero de 2009

La frialdad

De las tantas caras que tiene, la que más me atemoriza es la que viene vestida de blanco, a veces de azul. Se rodea de azulejos o acabados del mismo color, que extienden aún más su temperatura o, de paredes tristes y despellejadas. Pero no es precisamente el lugar, sus utensilios y artilugios platinados, su aroma a éter, su equipo avanzado o tercermundista; sus estanterías llenas de frascos o cajas, su camas incipientes: austeras o lujosas, nunca son suficientes; sus batas para influir respeto y asepsia por doquier. No, eso no le da ese vacío y sabor a fatalidad e incertidumbre.

Son algunas personas que lo cohabitan. Quienes reflejan en su cara la conformidad, la aceptación de una tarea que pocos aceptarían. La lejanía por sanidad mental. El cansancio primero justificado por una causa humanitaria, luego económica, luego funcional. La transformación en sujetos blindados ante el dolor, la muerte, la desesperanza, la certeza del final, de lo irremediable, de histerias, hipocondrías. 

Ante todo, es necesario ponderar su labor, entender que la cercanía ante lo que otros evitan, los coloca en una postura encomiable, que al final, la solidaridad opera en ellos en niveles dispersos.

La frialdad se entiende por el nivel de eco de sus pasos. El eco es dentro de su alma. Han desarrollado la habilidad para ser mensajeros de la muerte. Aún de que quizá, algunos no terminen por transmitir con prudencia el dictado o por tantas veces hacerlo, aquel eco resuene aún más y los haga ver un tanto despiadados. 

De pronto están simplemente trepados en un podium que suponen excelso, sublime. Nosotros simples mortales, condenados al dolor y ellos a curarnos, no podemos más que seguir sus discursos de salvación. Algunos debo decirlo, son sinceros y otros mejor todavía, son dichos al mismo nivel, con la empatía necesaria para que nosotros nos sintamos comprendidos más que curados. 

Mientras, seguiré consternado cuando observo el reflejo de no sé que abismos en su rostro. Su exótico poder de tratarnos objetivamente y no dejar que los perturbe nuestro dolor. Un don asombroso de poder olvidar que también ellos necesitarían consuelo.

Abandoned Sea View Hospital Wheelchair
Fotografía tomada de la galería de no3rdw

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6 de enero de 2009

Te quedaste

Sonreíste. El pincel desnudo danzó sobre tu vientre, las cortinas se abrían y cerraban al ritmo de los anochecidos arpegios; sólo quedaba desfallecer ansioso y provocar la tempestad con gritos y espasmos. Luego me miraste. Que me quedara era lo imperioso sobre la luz expandida en tus enternecidas pupilas, cubiertas por velos delirantes. 
Quedarse. Continuar escuchando tus latidos apaciguándose. Oler sin prisas los mantos sobre la piel mojada. Abrazado. Sentir que no hay motivo para irse, la patria se ha encontrado, aunque sea dentro de caricias fugaces. 
Después despertar aún, de que el sueño envuelto en soplos llegase contigo. Palabras que nadie más escucha, razones dispersas entre tus piernas. Otra vez danza, y el oscilante hundimiento entre coros de memorias, que otras veces igual prefirieron quedarse.

Eclipse de luna

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18 de diciembre de 2008

Inconsciente

Ayer desperté con una singular tristeza. Luego al meditar dentro de un gran ideal ajeno, fue tomando cada vez más forma. Me sentí solo. Pero era una soledad magnífica, auténtica y vasta, muy vasta; por lo tanto inalcanzable para abrazarse a sí misma. Aún de que reconocía que existen personas que me aman, neciamente lo seguía sintiendo. Entonces quizá entendí, que era en cierta categoría que operaba ese tipo de tristeza. Era una dimensión no cubierta. Una necesidad vacua y cada vez más oscura.

Desde hacía días se venía gestando, caminaba como reptil o más bien dicho, reptaba desde no sé qué horizontes ignotos, por lo tanto más odiados.

La quietud era lo que maceraba ese sentimiento sin lugar a dudas. Había callado por tanto tiempo, pero por tener que decir tantas cosas, con un grado de desbocamiento excelso. Las ideas se imbricaban sin orden alguno. Para luego ser revueltas aún más por mis turbios sentimientos.

La muerte ha sido un principal tema a debatir internamente. El dolor me ha acercado tanto a observar su tez. He tratado de mirar con toda la sabiduría que pudiera anhelar, sin embargo tengo miedo. Angustia por tanto, o miedo a no ser.

No quisiera que sufriera nadie por mí, no es justo. Derivado de ese pensamiento, quisiera de pronto ilusamente poner un anuncio con ubicuidad que les dijera a todos los que hice sufrir: perdón, pero luego de examinar mis recovecos que guardan hipocresía, diría más bien, a todos los que he amado.

Qué secretos corren salvajes en mí, qué agonías de vestigios supuran fuerza. La calma de este día asecha con voluntades ajenas. Los nervios no quieren ser devastados, pero son unos ciegos, unos ambulantes rasgados llenos de cuchillas en sus piernas. Dónde terminará esta víspera borrosa del desfallecer.

En efecto la muerte, es el camino hacia la veneración, hacia el asombro, hacia el respeto, hacia la humildad. Saber que no somos sempiternos, que somos pasajeros, y por lo tanto más valiosos. El descubrirse, el ubicarse en el tiempo. Tal vez sí sea un axioma de la necedad, el decir que conocemos por negatividad, entonces la muerte es el gran espejo de la vida. La vida será más cognoscible que el conocimiento mismo. Es necesario apartarse de esta lumbre que me hipnotiza.

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